En comunión con la Santa Madre de Dios (III)

María con el Niño
Fotografía: Antranias (Creative Commons)

Mons. José Ignacio Munilla, Obispo de San Sebastián | María dio un sí heroico, pronunciado a las duras y a las maduras, no sólo en la anunciación sino también al pie del Calvario.

Aquí se nos remite al punto 494 donde, en la cita de la Lumen Gentium que aquí se nos ofrece, dice: “Ella, en efecto como dice San Ireneo, por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano, por eso los santos padres coinciden en afirmar que el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la desobediencia de Eva por su falta de fe, lo desató la virgen María por su fe. Comparándola con Eva, llaman a María madre de los vivientes y afirman con mayor frecuencia: la muerte vino por Eva, la vida por María”.

Hay una comparación entre Eva y María. Si Eva dijo hágase mi plan, ‘hágame’, María dijo, hágase. Es lo que nos pasa cuando no nos fiamos de Dios. María se fía plenamente, es dócil para que Dios haga su plan de salvación. Es a través del sí de María como se ha introducido todo este misterio. Toda la obra de la salvación se ha hecho a través de María pero no sin su consentimiento. Así son las cosas de Dios. El que te creó sin ti no te salvará sin ti. Dios la hizo inmaculada pero luego el mantenerlo no fue sin su concurso. Dios empezó en ella esta obra de santidad pero no lo hizo al margen de ella.

La encomienda de que sea nuestra madre, madre de todo el cuerpo místico, se la hace teniendo en cuenta que somos peregrinos y que estamos en medio de peligros y miserias. Hay una encomienda que tiene en cuenta el drama de la humanidad, donde Cristo ve cómo aquéllos por los que Él ha dado la vida estamos llenos de peligros, de tentaciones. El Hijo no se ha quedado de brazos cruzados viendo el drama de la perdición del hombre, sino que para llevar adelante ese plan de salvación ha querido que seamos tutelados por una maternidad que no nos deje en ningún momento huérfanos. El don de María, es como decir: Yo comparto mi madre contigo.

Una de las formas principales para que el hombre sienta la paternidad de Dios, es el pastoreo de Cristo, el Buen Pastor: El Señor es mi Pastor, nada me falta, me conduce hacia fuentes tranquilas… Y otra de las formas principales para que el hombre sienta la paternidad de Dios, expresada en Jesucristo, es la encomienda que le hace a María de ser madre nuestra. No estamos huérfanos en ningún momento y eso lo experimentamos de muchas maneras pero una muy principal es María. Muchos saben por propia experiencia, cómo en momentos de pruebas de soledad, como en momentos de noche oscura, donde la luz de la fe se ha oscurecido, han tenido conciencia de que María hacía luz y hacía que la noche no fuera tan cerrada. La invocamos como Divina Pastora. Ella escuchó también esa encomienda a Pedro: apacienta mis ovejas. Somos peregrinos, acosados por muchos peligros, algo así como en ese Camino de Santiago en la Edad Media. La Iglesia madre ponía posadas para los peregrinos y órdenes militares que les protegían de los asaltos de los bandidos a lo largo de tantos kilómetros de peregrinación. Algo así hace María: María es posada y tutela en los peligros. (Artículo íntegro sólo para suscriptores)

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