En comunión con la Santa Madre de Dios (I)

Padre, Hijo y Espíritu Santo

Mons. José Ignacio Munilla, Obispo de San Sebastián | En adelante veremos el apartado del Catecismo: “En comunión con la Santa Madre de Dios”. Contextualizando, hemos explicado la oración al Padre, la oración a Jesús, la oración al Espíritu Santo y ahora el Catecismo dedica unos números a hablar sobre cómo esa oración al Padre, al Hijo y al Espíritu es en la comunión con Santa María. Nuestra oración siempre tiene en cuenta a Santa María como ahora vamos a ver.

Es a partir del punto 2673. El primero de los puntos dice: “en la oración el Espíritu Santo nos une a la persona del Hijo Único en su humanidad glorificada. Por medio de ella y en ella nuestra oración filial comulga en la iglesia con la Madre de Jesús”.

Por lo tanto hay una referencia a que nuestra oración nos está uniendo, por medio del Espíritu Santo, a Jesucristo, a su humanidad glorificada, es decir, que la oración siempre es cristocéntrica. Los cristianos, como su propio nombre indica, somos cristocéntricos; seremos muy marianos, amaremos a María con todo el corazón, seremos muy confiados en la providencia del Padre, seremos movidos por el Espíritu Santo pero siempre somos cristocéntricos. Podemos tener un cierto lío: ¿dónde pongo el equilibrio?, ¿dónde pongo más el acento?, ¿tengo que dedicar proporcionalmente el tiempo de mi oración al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo, a María, a los santos…? A ver cómo yo “reparto mi atención y mi tiempo de una manera proporcionada”… Nosotros nos hacemos mucho lío pero las cosas en Dios están mucho más unificadas y son más sencillas. En el fondo todo el misterio del cristiano tiende a Cristo, porque es el camino a través del cual Dios se ha revelado: Dios se ha revelado a través de Jesucristo, y lo tiene como punto central. La puerta de entrada siempre es Jesucristo, vayamos por el Padre, o por el Hijo o incluso por las criaturas, como por María, al final la puerta de entrada siempre es la misma: Jesucristo, somos cristocéntricos. Aquí hay una afirmación: en la oración el Espíritu Santo tiene una labor: unirnos a Cristo en su humanidad glorificada.

No hay ningún lío. Para que veamos cómo están conjugados los misterios de la fe, consideremos cómo el Espíritu formó la humanidad de Jesucristo en las entrañas de María. Por obra del Espíritu Santo el Verbo se encarnó en las entrañas de María Virgen. El Espíritu formó, sin concurso de varón, en esa concepción milagrosa, la humanidad de Jesucristo en las entrañas de la Virgen María. Y el Espíritu Santo no se limitó sólo a concebir, sino que en toda su vida movió a Jesús, como dice el evangelio, “Jesús fue llevado por el Espíritu”. (Artículo íntegro sólo para suscriptores)

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