Comentario al Veni Sancte Spiritus (III)

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Luis Mª Mendizábal, Ex director Nacional del APOR | Hemos llegado a un desarrollo progresivo de la gracia santificante. La cumbre de ese desarrollo de la caridad y de la gracia tiene que realizarla en nosotros el Espíritu Santo por una presencia especial suya, y cuando el alma va madurando y disponiéndose a esa coronación es cuando toda ella se convierte en unos brazos abiertos, en una invocación constante, en un deseo ardiente de que se corone la obra de Cristo.

Y por otro lado, es Cristo en nosotros, su corazón en nosotros, el que está llamando el Espíritu Santo para que corone esa obra, para que del seno del Padre venga al nuestro. Así a través de esa venida del Espíritu Santo a nosotros Jesucristo también viene a nosotros de un modo particularísimo, no ya por aquellos actos más o menos exteriores que consideramos en su vida cuando convivía con los apóstoles sino por la operación divina del Espíritu Santo que está en nosotros. Ahora Jesucristo toma un contacto más íntimo con nosotros, un contacto espiritual no menos real, no menos eficaz. Al contrario, Jesucristo, en el Espíritu, está más cerca de nosotros que cuanto estaba con los suyos en el tiempo de la vida terrena. Estamos más dentro de Cristo de lo que lo estaban los apóstoles que habitaban con El corporalmente. Por la venida del Espíritu Santo nos encontramos como sumergidos en la procesión divino del Espíritu. Por eso nunca debemos confundir el simple estado de gracia con la plenitud del Espíritu Santo y por eso también en nuestro estado de gracia y en nuestro esfuerzo ascético debemos invocar siempre ¡ven Espíritu Santo!

Esta oración es eminentemente apostólica. Tenemos que invocar al Espíritu Santo, llamarlo, abrirle las puertas no solamente en nombre propio para mí, a título individual y personal, sino que debemos invitarlo y así lo hacemos –en el himno– en nombre de toda la comunidad eclesiástica a favor de todas las almas en estado de gracia: ‘da a tus fieles que en ti confían el sagrado septenario’. La invocación del Espíritu se hace sobre aquellos fieles que están ya en gracia como los apóstoles que estando en gracia esperaban el Espíritu Santo. Las almas más fervorosas son las que invocan con mayor fervor. Más aun, en esto se puede ver el fervor de un espíritu en la manera en que invoca la coronación de la obra de Cristo. El secreto último del fervor del alma es el don de Dios. En ultimo termino todo fervor es don de Dios, no lo podemos producir por nosotros mismos en nuestro corazón, nos lo da Él, el fuego de su amor. (Artículo íntegro sólo para suscriptores)

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